Historia de Dayna Barrón

Las juventudes pueden, y pueden mucho 

Dayna Barrón

En el bachillerato, Dayna Barrón salió a hacer entrevistas a su comunidad. Llevaba entusiasmo, preguntas y prisa de estudiante. Se encontró con gente que evitaba la conversación. “La gente no me quería responder”, recuerda. La distancia tenía contexto. “En mi comunidad… no hay mucha convivencia entre nosotros”. Ella quería respuestas de todos modos. Ajustó el método con un detalle concreto y casi cotidiano. “Hasta compré paletitas para que la gente me quisiera contestar una encuesta”. Ahí aparece el problema que la marcó y la chispa que la empujó: la convivencia rota, la desconfianza, las formas de relacionarse que se vuelven costumbre y pesan sobre todo en la escuela.

La chispa también se encendió dentro del plantel. Una pelea entre compañeras derivó en un castigo colectivo y dejó un sabor amargo. En lugar de quedarse con el coraje, Dayna se movió hacia una pregunta más amplia: qué sostiene los conflictos, qué se normaliza, qué se calla. En su cabeza, el problema dejó de ser un evento aislado y se volvió una tarea compartida. Esa forma de mirar está conectada con su historia personal y es la raíz de su motivación para pasar de las ideas a la acción.

En vez de empezar con una gran campaña, empezó con acciones pequeñas que se acumulan. Salir a preguntar. Buscar maneras de captar atención. Entender qué palabras abren puertas. La idea tomó forma como Voces Juveniles, una iniciativa de jóvenes para jóvenes para prevenir, concientizar y disminuir la violencia escolar con contenidos digitales y trabajo presencial en escuelas. Lo digital se traduce en podcasts, cortometrajes y campañas en redes sociales. Lo presencial se vuelve diagnóstico, talleres, acompañamiento y murales comunitarios, como un mural del 8M, que funciona como punto de encuentro. También incluye libros de relatos reales para verbalizar experiencias y resignificarlas. Dayna lo cuenta desde una convicción sencilla: “Yo creo que todo es atreverse”. Atreverse, en su lenguaje, es empezar, ajustar y sostener.

Dayna Barrón Trabajo en comunidad
Fuente: Dayna Barrón 

“Alguien extraordinario… lucha por sus sueños”, dice. Y cuando se mira al espejo, se nombra desde el trabajo constante. “Me he planteado mis metas… y he hecho malabares para que todo eso suceda”. Sostener escuela, casa, creación de contenido, presencia en escuelas y el cuidado de una red en equipo. 

Al inicio Dayna trabajó casi sola y se topó con escepticismo. “Nadie me está tomando en serio”, hasta que giró hacia su propia generación. “Los que menos veo preocupados son la gente de mi edad”. Así armó el primer equipo: cuatro compañeras del salón. “En realidad ninguna de nosotras nos hablábamos”, dice. Se juntaron, compartieron ideas, encontraron afinidad y sumaron a una docente. 

Empezaron de a poquito. “Los únicos 10 likes éramos nosotras cuatro y nuestras mamás”. Aun así, siguieron. Subieron contenido, hicieron actividades en la escuela, invitaron gente, sostuvieron el ritmo hasta que el grupo creció. En ese camino, Dayna aprendió a leer otra barrera: el miedo que paraliza. Habla de “miedo al fracaso” y “miedo de no ver resultados”. Su respuesta es insistir en el tiempo.

Alguien le dijo “tienes 16 años, ¿tú qué vas a hacer?”. Dayna lo recuerda con nitidez. “Esa frase me traumó mucho”, admite, y la convierte en punto de quiebre. Su respuesta salió rápida y se quedó como brújula. “Yo puedo hacer y puedo hacer mucho”. De ahí nace un diferenciador claro de Voces Juveniles: la voz joven tiene agencia y puede sostener acuerdos de convivencia. Ella lo dice de forma directa. “Justamente por eso es Voces Juveniles, donde tu voz no es vulnerable”.

Hoy, Voces Juveniles se articula con personas jóvenes y adultas. En el centro hay 7 jóvenes, 5 docentes y 1 coordinador. Alrededor hay un equipo extendido de más de 90 estudiantes participando. Han formado ya una segunda generación, con sus propias ideas, activaciones y episodios de podcast, con la primera generación como mentora, y ya planean una tercera. La iniciativa ha colaborado con aliados metodológicos, como Fundación Share, y Dayna ya ha asesorado comunidades educativas en nivel superior, dentro de la Universidad Insurgentes. “Ya vivimos situaciones de conflicto, que son desagradables. Ahora, ¿qué sigue? ¿Cómo vamos a movernos para que eso deje de pasar?”.

Dayna Barrón
Fuente: Dayna Barrón 

Dayna también ha encontrado cajas de resonancia en otras organizaciones, como en PROMESA, dictando un webinario para estudiantes a nivel nacional. En el mismo camino, una aliada detonó un salto de alcance. “Kenia fue la que nos impulsó hasta 72,000 personas”. En su voz, la alianza se entiende como un empujón práctico, una puerta que abre más puertas.

Ese entramado produce cambio. Dayna describe señales observables en la convivencia. Mejor relación dentro del grupo. Puentes entre planteles que antes se trataban como rivales. Menos peleas entre mujeres. Disculpas aceptadas tras procesos guiados. El mural del 8M como catalizador de cooperación entre estudiantes que casi nunca convivían. Son avances descritos desde la experiencia del equipo en talleres y acompañamientos, con evidencia que se construye escuela por escuela. Y también hay un cambio interno, que ella ubica como evolución personal y colectiva. “Más que haber cambiado fue más como el haberme impulsado”. Ese impulso se vuelve contagioso cuando alguien se acerca y lo nombra. Dayna lo cuenta con emoción contenida y con una conclusión práctica: “Podemos hacer más… podemos juntar a más gente”.

La apuesta de Dayna es doble: empatía para entender el lugar, trabajo en equipo para sostener la acción, y liderazgo distribuido para impulsar a más jóvenes. Su frase de convivencia resume esa ética. “Aquí nadie es más que nadie”.

Dayna Barrón
Fuente: Dayna Barrón 

El futuro, para Dayna, suena a tareas claras. Consolidar la segunda generación. Documentar un manual de intervención por contextos con diagnóstico rápido, protocolos de cuidado, guías de taller y producción audiovisual escolar. Escalar en red de escuelas con acompañamiento ligero. Convertir Voces Juveniles en un programa sostenible con identidad propia y capacidad de renovarse. Ella lo cierra con una determinación que suena a promesa cotidiana. “Es un definitivo, se va a hacer… vamos a hacer que suceda”.