A las 6:00 de la mañana, Heidy ya estaba despierta. Iba a la escuela y, antes de pensar en lo que venía, miró el cielo. “Estaba horrible de contaminado”, dijo. El calor se sentía desde temprano. Para ella, hay días que se te quedan pegados por lo que ves y por lo que respiras. Y ese tipo de días obligan a preguntarte qué estamos haciendo con el mundo.
A Heidy le gusta pensar que el conocimiento no es lo mismo que la información. La información se puede recoger. El conocimiento se queda cuando lo entiendes y lo pones en práctica. Y ahí aparece la luz, una y otra vez, como un hilo que une lo que observa con lo que construye. Ella lo dice así: la información llega como un haz, te toca, pasa. El conocimiento se queda y te deja “iluminar más”. Esa palabra, iluminar, no es adorno; es acción.
“Como la luz al llegar por la córnea: lo importante no es lo que vemos, sino lo que somos capaces de iluminar”. La frase nació de su trabajo y de su curiosidad, no de un lema. Heidy estuvo investigando células corneales y aprendió a mirar el ojo de otra forma, como un umbral. La córnea deja pasar la luz, la filtra, la convierte en señal que el cuerpo entiende. En su manera de explicar, esa entrada de luz se parece mucho a cómo entiende el cambio: primero ves algo que te inquieta, luego lo vuelves pregunta, luego lo conviertes en algo que otras personas también pueden ver.
“Yo quiero entrar al MIT, yo quiero ser científica”, fue su entrada de luz. Luego buscó requisitos y sintió el tamaño del camino. Pensó “soy muy pequeña para ese sueño”. Y entonces apareció la pregunta que la movió hacia afuera. “¿Qué pasa con otros niños que también se sienten pequeños?”. Ahí empezó a actuar con lo que tenía. Inglés. Daba clases gratis en su comunidad y organizaban actividades deportivas.
“Lo extraordinario es la capacidad de sorprendernos”. Heidy habla de aprender, de asombrarse, de enseñar a otros. Lo extraordinario, para ella, también es moverse. La vida se mueve, los sistemas se mueven, las personas se mueven. La pregunta es hacia dónde.
Esa pregunta se vuelve concreta en el problema que Heidy decidió enfrentar desde joven. La baja participación femenina en STEM no es una estadística lejana para ella. La ve en los espacios, en la ausencia de referentes, en el acceso desigual a mentorías, en los sesgos que se vuelven rutina. Y lo que le preocupa no es solo que falten niñas en ciencia. Le preocupa lo que eso significa. Menos voces en decisiones que definirán salud, tecnología, medio ambiente, educación. Menos niñas sintiéndose capaces de entrar a un laboratorio, a un taller, a una mesa de debate técnico. Menos luz pasando por esa puerta.
La respuesta de Heidy tiene forma de espacio, de práctica y de red. En el Estado de México, es cofundadora y colíder de GirlBotics, un equipo de robótica cien por ciento femenil en etapa de validación y crecimiento. Su propuesta cruza educación STEM, igualdad de género e innovación. La idea es clara: crear un lugar seguro y exigente donde niñas desarrollen habilidades técnicas y liderazgo mediante robótica y programación, con gobernanza compartida y una narrativa que conecta ciencia con justicia social. No se trata de motivarlas con frases bonitas y despedirlas con aplausos. Se trata de entrenar, construir proyectos, resolver problemas, aprender a hablar en público, sostener el esfuerzo, y hacerlo acompañadas.
Cuando Heidy habla de ciencia, lo repite con una convicción que viene de experiencia. Heidy desarrolla DignusLink, finalista Rise 2023. Recibió una mención honorífica de liderazgo del IPN y la presea BQA en Excelencia Acdémica. Estudia Ingeniería Biomédica y Derecho para fortalecer el puente entre tecnología, normatividad y salud pública porque entendió que la tecnología sin marco legal reproduce desigualdad.
“Lo más importante de la ciencia y la tecnología es tomar ese conocimiento y volverlo más humano, con más propósito social”. Luego lo dice de una forma todavía más directa. “La ciencia nos necesita”. Y cuando habla de mujeres en STEM, no lo presenta como una cuota. Lo presenta como una perspectiva que falta y que cambia el tipo de soluciones que se diseñan. Dice que hacen falta referentes para que más niñas “puedan y quieran unirse a estas áreas”. Esa distinción importa. Poder sin querer no basta. Querer sin poder también se queda corto. GirlBotics intenta construir las dos cosas.
La iniciativa responde con entrenamiento técnico en rutas como FTC y MakeX, con talleres y charlas, con mentoras por área, y con una mesa de liderazgo que integra a ADZA Academy, EmpoWoment y aliados como el CCD. En esa mesa, cada quien empuja una parte distinta. Hay quienes acompañan con formación y estructura. Hay quienes conectan con espacios académicos y redes. Hay mentores y mentoras que sostienen el avance técnico y el crecimiento personal. Y hay un equipo de niñas que aprende haciendo, fallando, corrigiendo, volviendo a intentar.
Para Heidy el trabajo colaborativo también se parece a la córnea. La luz llega. El ojo la recibe. No todo depende de un punto. Hay un sistema completo que traduce esa luz en visión. En Girlbotics, el aprendizaje no depende de una sola persona brillante, sino de un conjunto que acompaña y sostiene. A Heidy no le basta con que una niña sepa programar. Quiere que esa niña se sienta capaz de explicar lo que hace, de defender sus ideas, de poner su voz en una conversación donde antes no estaba.
Esa visión se entiende mejor cuando Heidy recuerda sus primeros chispazos. Uno ocurrió en la tienda de sus papás. La escena es simple y precisa. “Me pasé un día entero en la tienda con mi libretita anotando cuántas bolsas se llevaban las personas”. También preguntaba por qué. Con el tiempo observó un efecto inesperado. El solo hecho de ser consciente del acto, de hablarlo, de mirarlo, movía algo en la gente. Varias personas empezaron a llevar su propia bolsa. A Heidy le gusta esa clase de cambio porque tiene forma de hábito. No necesita grandes discursos. Necesita atención.
Para Heidy, la ciencia también es paciencia. Es aprender a esperar el resultado y, cuando llega, aprender a leerlo. Y esa lectura, en su historia, se conecta con lo social. La luz llega a la córnea y se vuelve visión porque el sistema sabe traducirla. Ella quiere que el conocimiento también se traduzca, que no se quede encerrado. Heidy solía decir: “Si lo quieres poner al servicio, bienvenido.”. Hoy lo formula distinto “El conocimiento no se “invita” al servicio; es nuestra responsabilidad colocarlo ahí”.Y cuando habla de llevarlo a otras áreas, habla de seguir haciéndose preguntas. Ahí se reconoce su estilo: la curiosidad como un derecho que puedo ejercer pero que no todas pueden; para Heidy, la curiosidad es una necesidad humana y también un privilegio que debe democratizarse.
Heidy reconoce que la vida se llena, los proyectos compiten por horas, el crecimiento exige elegir. Y en el centro de la robótica está el aprendizaje que no se logra en línea recta. Intentar, fallar, ajustar, volver a intentar. Heidy lo vive en su liderazgo y en su forma de prototipar.
Y quizá por eso, cuando le piden una frase para una niña que sueña con ser científica y se siente pequeña, Heidy responde desde la experiencia y desde la luz. Dice que le daría un abrazo. Dice que la ciencia la necesita. Dice que hay cosas científicas que pueden maravillarla.
En un mundo que cambia rápido, esa frase se vuelve práctica. El cielo contaminado y el calor extremo no esperan. Los sistemas educativos no cambian por sí solos. El tejido social tampoco. Heidy vive esa consciencia en el día a día, y su respuesta no es esperar a crecer para participar. Es participar desde ahora, con equipo, con aliados, con mentorías, con espacios seguros, con exigencia, con voz. Para ella, generar cambio temprano importa porque el futuro ya está ocurriendo. Y porque, cuando una niña aprende a iluminar, esa luz rara vez se queda en una sola persona. Se reparte. Se vuelve referencia. Se vuelve posibilidad para otras y “juntas llegar más lejos”.